lunes, 5 de mayo de 2014

Yo puta y tu camello.


Me he despertado cansada, como otras tantas veces. He mirado el móvil, a sabiendas todavía que no iba a ver ningún mensaje tuyo, ni tampoco ninguna llamada. Tengo miedo, tengo miedo de que me olvides y me dejes. Muchas veces mantengo la esperanza porque al final me contestas, y quedamos para vernos, y estoy a gusto contigo. Pero el miedo no se va. El miedo permanece en los riñones, en la parte alta de la espalda, en la boca del estómago, en la cabeza… Me siento cansada y con escalofríos. Aquí me siento muy sola, como tantas veces. Da igual que viva en el extranjero a que viva en mi país, me siento muy sola. Y yo quiero pasar más tiempo contigo, abrazada a ti en la cama, compartiendo noches, escuchándonos.

Me da miedo. A veces pienso que no tiene por qué salir mal como otras veces, porque tú no tienes novia y porque me aceptas tal y como soy aunque te siga sorprendiendo. La última vez que nos vimos fue hace ya casi dos meses. Te ví un poco agobiado, porque te avisé con poca antelación y llegué con una mochila con demasiadas cosas. Y me dijiste

-         -  Si me hubieras avisado antes, podría haberme organizado de otra manera. Tengo cosas que hacer.

Te avisé el día de antes que iba a verte, y si no te lo dije con más antelación fue porque mis anteriores mensajes no los habías respondido, y a mí  me quedaba la duda de si querías volver a verme. Pero todo esto no te lo dije, me quedé quieta en la cama, mirándote y sonriendo, sin decir nada, pero estaba asustada. Estabas poniendo tú los límites, y yo no sabía nada acerca de ellos. Nunca lo he sabido. No entiendo de relaciones.  No sé que rondaría por tu cabeza al verme sentada, sin saber decir nada, sólo sonreía manteniendo una postura coqueta. Pero dentro de mí me agitaba el miedo. Y me dijiste

-          - Otra cosa que te tengo que decir. Tú a mí me gustas, pero haz tu vida.

Entonces si que me quedé petrificada. Tenía unas ganas inmensas de llorar pero me las comí por dentro. No sabía que responder, yo seguía sentada y sonriendo.

-          - Bueno, qué quieres hacer.

Entonces contesté, en ese momento no sabía decir otra cosa.
-         
-        - Follar.

Y te reíste, y me miraste con esa cara tuya de sorpresa gratificante, no era la primera vez que me mirabas de esa manera. Después de follar me quedé callada con la mirada perdida clavada en la lámpara del techo. Pensaba en lo que me habías dicho y sólo tenía ganas de llorar. Quería levantarme para ir al baño y encerrarme para llorar y autolesionarme. Pero no podía levantarme de esa cama, no podía parar de mirar la lámpara del techo. Rompiste el hielo diciéndome algo que ni recuerdo, ya que notabas que estaba pero sin estar. No te hacía caso. Me sentía desprotegida. Me preguntaba que hacía yo en ese momento contigo. Me preguntaba por qué poner límites al cariño. Me preguntaba por qué yo te gustaba.

Cuando nos conocimos pensaba que eras tú el que quería más de mí. Me agobié los primeros días, no estoy acostumbrada a pasar mucho tiempo a solas con la misma persona. Yo estaba flotando contigo,  me dejé llevar. No había angustia ni preocupaciones, todo iba rodado. Hasta que empezaste a poner límites. Y empecé a asustarme. Empecé a pensar que sería posible que la relación se enfriara, que incluso no quisieras volver a verme. Pero yo no quiero que eso pase. Sueño muchas veces contigo, sueño que te busco y al final te encuentro.

Pero hoy no, hoy no te he encontrado. Pensaba que iba a estar contigo y aquí estoy, sola en casa. Mirando el mar por mi ventana, viendo cómo pasan las horas mientras fumo y bebo café. Pero no sólo pasan las horas, pasan los días, las semanas, los  meses… Y se van acumulando las colillas en el cenicero, las botellas vacías de sidra, la bolsita de marihuana se va vaciando… Y yo me consumo por dentro. El vacío interior se expande y te va aniquilando.

Muchos no entienden que hago contigo. Yo me pregunto qué hago yo con ellos. Por qué tanta gente de mí alrededor aunque se consideren de izquierdas son tan jodidamente clasistas. Me da igual que me saques trece años y que te dediques a trapichear con drogas. Me gusta estar contigo porque respetas mi trabajo y no me juzgas, respetas mi cuerpo, mis tiempos… Sabes cuándo tienes que parar si me viene un flashback sin que te lo diga, sabes respetar mi silencio… Me conoces en definitiva. Aunque digas lo contrario.

La segunda noche de estar juntos te revelé mi secreto. Y me dijiste que ya lo sabías, que te habías dado cuenta. A raíz de eso me pregunto si es que acaso llevo la palabra incesto tatuada en mi frente. Pero esa noche no sé qué pensaría sobre lo que me dijiste, ya que llevábamos demasiadas horas encerrados en mi habitación comiendo pastillas de MDMA.

La noche que nos conocimos era luna llena. Había energía positiva en el ambiente. Yo estaba algo contenta por todas las cervezas que llevaba en la sangre, contoneaba mi cuerpo embutido en ropa ajustada, corta y colorida. Y entraste tú, y me miraste. Me mirabas fijamente. Me gustaste pero había algo de ti que no me cuadraba. Finalmente te acercaste tú. Resultaste ser español. Me gustó tu delicadeza. Percibía que te gustaba, pero no hubo ni piropos, ni proposiciones indecentes… Simplemente una conversación fluida sobre nosotros. Terminé yéndome contigo a terminar la fiesta en una casa. Hubo algún momento de desconfianza, y me preguntaba si había hecho lo correcto, si era oportuno irme a un lugar que desconocía con tres hombres que no conocía y con demasiadas drogas alrededor. Pero la vida tiene riesgos y hay que asumirlos. No era la primera vez que hacía eso y muchas veces no terminó bien. Pero sí, al final todo resultó bien. Y nos quedamos prendados en nuestra borrachera de amor de MDMA. Y pasamos los siguientes cinco días juntos sin apenas separarnos el uno del otro. A lo largo de la noche me preguntaste a que me dedicaba varias veces, y yo te respondía con desdén y coquetería que a mis labores. Cuando llegamos a la casa,  finalmente a tu lado estaba a gusto. Sabía que estaba en un lugar seguro, que no iba a tener ninguna experiencia desagradable esa noche. Tras tomarme una pastilla, empecé a contonear mis caderas con un movimiento rítmico, a ver lo que había en mi alrededor con otros ojos. Todo en ese momento era bello y repleto de buena energía. Mis caderas se iban moviéndo cada vez más rápido, y de repente tiré hacia abajo mi camiseta para dejar mis pechos libres, tiré hacia abajo mis medias para dejar mi coño libre. Ahí estaba la primera vez que vi tu cara de sorpresa, mirándome… Tu amigo se acercó
-          
-     - Mmmmm… nice boobs.

Y las tocó.
-          
          - I´m wet…

Y también me tocó. Pero corté con un no.
-           -No.

Le dije
-         
          - I prefer with him

Y ahí estaba él a mi lado. Mirándome con los ojos bien abiertos. Le besé. Y se apartó rápido, riéndose.
-        
- -      -She has bit me.

Le dijo a su amigo.

Finalmente nos fuimos a mi casa. Pasamos horas besándonos y acariciándonos en la cama. Escuchando música. El estaba tranquilo, me miraba mientras yo no paraba de dar vueltas por la habitación, pasando por varios estados diferentes. Prefería hablar en inglés. De repente me excitaba, gemía, me contoneaba, me frotaba con las paredes, chupaba sus dedos, o acariciaba su pecho con mi melena. Luego pasaba a balbucear, a canturrear sonidos, a hacer movimientos repetitivos. “Nananananana….” “Cucú, tras. Cucú,tras.” “Ven a la cueva, ven a la cueva”. De repente me iba, me abandonaba del todo, y no sé qué pasaba por mi cabeza pero sólo era capaz de arrancarme el pelo y de hacerme desgarros en la piel con mis uñas.
-          
     - Creo que estás en el top 10 de las personas más locas que conozco.

A ratos podía estar con normalidad, pero me volvía a ir… la cabeza se me iba, volvía a ser la mujer de cuerpo voluptuoso que derrama sensualidad, o la niña pequeña que quiere jugar, o la loca demente que se autolesiona. Iba alternando a cuatro personas diferentes dentro de mí. Iban y venían, no podía controlarlo.  Mis ojos enormes y desorbitados, mis dientes castañeando sin parar y mi coño mojado. Y el mirándome. Y hubo un momento que quería irse, luego me dijo que llegó asustarse de mí. Le dije que no, que se quedara. Se quedó conmigo, no podía dejarme en ese momento, no tenía ningún tipo de autocontrol sobre mí, no podía quedarme sola.

Te quedaste conmigo. ¿Te volverás a quedar?



1 comentario:

sofia martínez dijo...

Esta entrada me recordó a la serie El negocio, cuya historia está basta en un grupo de chicas que se prostituyen sin embargo abordan el negocio de la prostitución desde el punto de vista del marketing y desde niveles socioeconómicos más altos. Vale la pena que le echen un vistazo.